Historia · El Faro
El Faro · Nosotros
Una historia
que empezó con una pregunta.
En 2008 un grupo de personas con mirada humanista se reunió para crear algo que no existía en Argentina: un espacio de encuentro y reflexión sobre la muerte y el proceso de morir. Lo que siguió superó todas las expectativas.
Inicio
2008
Origen
Buenos Aires
Alcance actual
7 países
Hito
Pioneros del Death Café en América Latina
Trabajamos dos años puertas adentro antes de abrir las puertas al público. Lo que encontramos cuando las abrimos nos sorprendió a todos.

En 2008 nos reunimos a diseñar este proyecto. Éramos personas orientadas hacia el desarrollo personal y social con una mirada humanista, y compartíamos un anhelo: crear un espacio de encuentro y de reflexión sobre la muerte y el proceso de morir. Exploramos nuestras biografías, nuestros diferentes puntos de vista, acuerdos y desacuerdos. El entusiasmo crecía encuentro tras encuentro. Finalmente decidimos convocar al público e iniciamos con un ciclo de charlas: ¿Es posible prepararse para la muerte? La respuesta, en cantidad de personas que asistieron, fue contundente.

El camino recorrido
2008
El primer encuentro. Un grupo con mirada humanista empieza a diseñar un espacio de reflexión sobre la muerte en Argentina. Dos años de trabajo interno antes de abrir al público.
2010
Las puertas abiertas. Primer ciclo de charlas públicas: "¿Es posible prepararse para la muerte?" La respuesta del público supera todas las expectativas y confirma la necesidad del espacio.
2014
Pioneros en América Latina. El Faro realiza el primer Death Café de América Latina. Desde entonces llevamos más de 70 encuentros y seguimos abriendo la conversación.
Hoy
Una red que crece. Cientos de personas formadas, servicios de acompañamiento activos, presencia en 7 países y una comunidad que entiende la muerte como parte de la vida.

"Es importante prepararse para la muerte e incluirla en la vida. Es necesario y, por sobre todo, es posible."

Viviana Bilezker · Fundadora de El Faro

La idea original era que El Faro fuese como un mandala con un centro de conciencia: la finitud. Y que desde ese centro se abrieran cual pétalos las actividades que anhelábamos proponer: formaciones, grupos, talleres, acompañamiento, retiros. Hoy ese mandala existe y sigue creciendo.

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