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Los comienzos contienen el impulso de lo nuevo: lo naciente, lo que busca y anhela crecer.
Un año que empieza nos invita a repensar metas y proyectos, a revisar deseos, posibilidades y direcciones.
Sin embargo, en ese gesto de mirar hacia adelante, hacia el futuro por vivir, solemos olvidar la importancia de la despedida. Los cierres, aquello que queda atrás, también forman parte del movimiento vital.
Hablar del fin de la vida (incluso en sus formas simbólicas) nos permite reconocer que todo comienzo implica una transformación.
Una pregunta central podría ser: ¿qué muere en mí al comenzar este año? ¿Qué necesito dejar ir, qué necesito duelar antes de avanzar hacia lo nuevo?
La conciencia de la muerte nos recuerda la fuerza del cambio. La vida necesita de la muerte para hacer posible su continuidad. Cada cierre abre un espacio, despeja un camino, habilita un futuro posible.
En El Faro sostenemos que excluir a la muerte y sus innumerables metáforas del proceso de la vida no solo reduce nuestra mirada, sino que puede generar la ilusión, tan frágil como peligrosa, de un poder ilimitado que no tenemos. Reconocer la finitud es también un acto de preparación y de cuidado.
Para algunas personas, los comienzos traen entusiasmo y esperanza; para otras, dudas, temor o confusión. El inicio de un nuevo año puede sentirse venturoso o complejo, liviano o pesado. Todas esas experiencias son humanas y merecen ser alojadas.
Hacer lugar a estas conversaciones, hablar del duelo, de los cierres y del fin de la vida, es una forma de habitarnos con mayor conciencia. Tal vez no se trate de empezar de cero, sino de empezar con todo lo que somos, incluyendo aquello que necesita ser despedido.
Feliz 2026,
Viviana Bilezker