¿Es la demencia un diagnóstico?
Quisiera comenzar este texto con la pregunta del titulo:
¿Es la demencia un diagnóstico?
Hablar de acompañamiento en demencias implica detenernos en esta pregunta, porque muchas veces iniciamos la búsqueda de un diagnóstico sin contemplar sus implicancias más profundas.
El lenguaje que usamos construye la mirada
Lo que suele impulsar esa búsqueda es la aparición de ciertos cambios en el funcionamiento habitual de una persona. Y es importante nombrarlo así: cambios.
En el lenguaje cotidiano, sin embargo, predominan otras palabras: falta, merma, pérdida.
“Mi mamá perdió la memoria, el habla, la orientación.”
“Mi papá ya no sabe quién soy, no puede hacer cosas solo.”
Esta forma de nombrar orienta la mirada hacia lo que falta, y deja fuera una dimensión esencial: lo que aparece, lo que surge, lo nuevo que se configura en ese proceso.
El límite del diagnóstico en las demencias
Y entonces llega el diagnóstico de demencia.
Un diagnóstico que, en muchos casos, se construye a partir de ausencias: de memoria, de orientación, de ciertas capacidades.
A partir de allí, se inicia un camino conocido: intentar recuperar lo perdido. Estimular la memoria, activar el cerebro, sostener el funcionamiento previo.
Pero en ese recorrido suele faltar algo central: la experiencia subjetiva de la persona, su mundo interno, su propia narrativa.
Comprender las demencias: una mirada que incluye el cambio
Comprender las demencias es también comprender que el acompañamiento en demencias no puede basarse únicamente en corregir o recuperar, sino en conectar con lo que la persona está viviendo.
El cambio pide cambio.
De ambas partes.
Sin embargo, muchas veces les exigimos a las personas con demencia que no cambien, que regresen a un estado anterior. Y nosotros permanecemos en el mismo lugar, como si nuestro modo de ver fuera el único posible.
Acompañar implica moverse
El acompañamiento en demencias implica, en cambio, desplazarnos. Viajar hacia el mundo de la otra persona. Encontrarnos en un punto intermedio donde el vínculo sea posible.
Hace más de diez años encontré un camino para comprender y acompañar a personas con demencia desde esta perspectiva: el Método de Validación, desarrollado por Naomi Feil.
Este enfoque propone honrar la singularidad de cada persona, no exigir lo que ya no es posible, y acompañar los cambios con presencia, respeto y compasión.
El vínculo como forma de acompañamiento
Desde entonces, el acompañamiento en demencias deja de ser una búsqueda de corrección y se transforma en una práctica de encuentro.
Cada vez que acompaño a una persona con demencia, veo a alguien en transformación.
Veo una historia en desarrollo.
Veo un mundo que se abre y me invita a aprender sus códigos.
Y en ese encuentro, acompañar deja de ser intervenir para convertirse en vincularnos desde la comprensión.
Acompañar también nos transforma
Acompañar a una persona con demencia también implica revisar nuestras propias expectativas, nuestras ideas sobre la memoria, la identidad y el control.
Muchas veces el sufrimiento no proviene únicamente del cambio en la persona, sino de la distancia entre lo que esperamos y lo que está ocurriendo.
El acompañamiento en demencias nos invita a flexibilizar esa distancia. A soltar la exigencia de que el otro sea como antes, para poder encontrarnos con quien es ahora.
Esto no significa resignación, sino transformación del vínculo.
Cuando dejamos de intentar traer a la persona a nuestro mundo, aparece la posibilidad de entrar en el suyo. Y en ese movimiento, algo se ordena: la comunicación, la emoción, el encuentro.
Quizás comprender las demencias no sea solo entender una condición, sino aprender una nueva forma de estar con otro.
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